CÓMO METÍ LA PATA EN EUROPA

Me pasé mi parada en Oporto y terminé en Braga; ciudad al norte de Portugal, casi frontera con España.

Solo bastó un minuto de diferencia entre trenes para vivir una nueva aventura.

Cogí el tren de la Línea 6 que salía de la estación Oriente en Lisboa, con dirección a Oporto. Sin emabrgo, ¡tomé el que llegó un minuto antes que el mío!
En resumen, me equivoqué de tren.

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Si bien los dos se dirigían a Oporto, no tenían las mismas paradas.
Me di cuenta de esto mientras sellaban mi ticket de tren y el señor no entendía por qué tenía otro ticket y estaba en este tren.

Yo solo rezaba para que no me sacaran y me dejaran en plena pampa de Portugal o me pongan una multa.

Usé Google Maps para seguir el camino del tren y ver por dónde es que me podía bajar, pero nunca pregunté ni validé, solo asumí. ¡Gran error Ema!
Vi que todos los mochileros se bajaban en una estación, pero yo decidí quedarme en el tren para ver si podía llegar más cerca de donde tenía que ir, y así poder caminar menos.
Para mi mala suerte, el tren siguió de frente y nunca giró a la izquierda; lo que yo estaba esperando que pasara.
Me empecé a poder nerviosa.  Cada minuto me alejaba más de mi punto de referencia. Le pregunté al señor de mi costado cuál era la siguiente parada.   Braga – me respondió.

¿¡Dónde queda eso!?

Eran las 11pm.  Estoy cagada.  Me decía a mi misma.

Trate de usar el poco Wi-Fi que conseguí en el tren para ver mis opciones:
1. Pagar 50€ por un Uber y regresar a Oporto.  No valía la pena porque habían hostels baratos en Braga. El problema era encontrar uno.
2. Buscar un hostel a esa hora con el Wifi del tren y aprenderme el camino desde la estación.
3. Encerrarme en el baño de mujeres y dormir con mis cosas, a lo Tom Hanks en la película La Terminal. Gran opción, estaba a punto de hacerlo… Incluso, tenía mi pequeña navaja.

Para mi buena suerte, y conversando en Portuñol con el señor del lado, encontré un hostel a 15 minutos caminando de la estación de tren. Solo sabía como se llamaba, así que iba a caminar y cruzar mis dedos para que me recibieran.  Que ilusa…

A penas salí, le pregunté a una señora qué tan seguro era caminar por la avenida a las 12am de la madrugada…

Normal, pero mejor toma una taxi.  Me respondió.
¡Listo, tengo que pedir un taxi!

Me encomendé a todas las divinidades que podrían existir.  Tomé el primer taxi que vi.  Tenía el mapa en mi celular, pero el taxista solo hablaba un portugués muy difícil de entender. Yo le hablaba en español con algunas palabras en portugués, y el me respondía en su idioma. No sé cómo llegué, pero lo logré. Le pagué 5€ por una carrera de 2 minutos. Solo quería estar en una cama…

¿Un hostel? Este lugar era un edificio residencial. Empecé a tocar todos los botones del edificio, pero nada. Tenía un poco de miedo.  Estaba en la calle, en una ciudad que no conocía con todas mis cosas.  Traté de abrir la puerta.  Todo estaba oscuro.
Vi un ascensor enrejado y me metí. Subí hasta el último piso, toqué la puerta de este lugar que decía hostel y salió un señor…
Le empecé a hablar en inglés y me dijo que no entendía, así que me volví a comunicar en “portuñol”. Él no era el dueño, era un huésped, Eduardo. Me dijo que el dueño no iba a regresar hasta mañana y que no podía decidir si darme una cama o no.

Le pedí Wi-Fi para buscar otros lugares donde quedarme.  Eduardo, muy gentil, me ayudó a hablar en portugués por teléfono.
Él hablando por teléfono y yo pensando en cual iba a ser mi plan B, C y D: pedirle el sillón para dormir, dormir afuera del departamento pero en el área común del edificio, ¿volver al baño de la terminal? Mi mente solo trajo mil y un ideas.
Por suerte, uno de los hostels contestó y nos dijo que sí habían camas disponibles.  Solo tenía que caminar 10 minutos.
Miré a Eduardo, le agradecí eternamente por prestarme su teléfono, le dije que era mi Ángel de la Guarda, y que le avisaría a penas llegué al otro lado, que si no, saliera a buscarme o avise a la policía.  Parte de mi estaba bromeando, pero la otra seguía con miedo.

Amaré bien todas mis cosas y empecé a caminar con mi Google Maps en la mano. Todo estaba oscuro. Pasé por callejones, casas antiguas e iglesias… No había nadie en la calle, parecía una ciudad fantasma.
Las calles eran de piedra, por lo que iba arrastrando mi maletín y haciendo mucho ruido.
Seguía con miedo, así que empecé a caminar más rápido, casi corriendo y repitiéndome a mi misma, “TODO ESTA BIEN, ERES VALIENTE AHORITA LLEGAS”.

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¡Por fin llegue! El lugar era una casona construida hace más de 300 años, casi abandonada. Se llamaba Dans L’Atelier.
Toqué el timbre y salió Ferdinand por la ventana, super alegre y preguntándome si estaba bien. “Hi, I think so, now I’m OK”.  Le respondí.
A penas escuche su voz, sabía que todo estaba bien. Su voz me dio mucha confianza.
Abrió la puerta junto con una chica Finlandesa, y les empecé a contar mi anécdota. Se rieron mucho conmigo, porque yo también me mataba de la risa.
Me dieron una cama, y una colcha.  El lugar era espeluznante, no habían muchas luces.  Solo agradecí por tener un lugar en donde pasar la noche.

Tiré mis cosas en el cuarto, me quite los zapatos y me metí con la misma ropa que tenía puesta. ¿Para qué cambiarme?
No pude dormir por lo ansiosa que estaba. Tenía una mezcla de sentimientos; feliz, nerviosa, alegre, entusiasmada, pero con un poco de incertidumbre. Todo estaba oscuro, y lo poco que sabía de Braga es que es una ciudad muy histórica, llena de cultura, y con muchas iglesias. Eso me ponía la piel de gallina…
Sentía un poco pesado el cuarto, por lo que me tape con la colcha hasta el cuello y me hice bolita.  Quería dormir y que fuera el día siguiente.

Igual, dentro de toda mi imaginación, sabía que todo estaba bien y que mañana tomaría mi tren de regreso a Oporto, y esto quedaría como una gran aventura para mi futuro libro.

Pérdida, puede ser. Digna, ¡SIEMPRE!

Julio 2018

 

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